jueves, 30 de julio de 2015

Algunos alcances sobre la política cultural que el país necesita desde el interés de sus regiones



Parece un titular adecuado para los tiempos actuales, para reflexionar, hoy, sobre las demandas y necesidades de los artistas y gestores culturales. Pero es un titular –como lo consigna la fecha- de abril de 1997 cuando, en mi condición de director del Departamento de Arte y Cultura de la Municipalidad de Arica, fui invitado a exponer en el “Tercer Encuentro de Universidades y Gobiernos Regionales: planificación, estrategias y desarrollos coordinados”, realizado en La Serena, los días 10 y 11 de abril de 1997, es decir, hace 18 años.
Hace 18 años luchábamos por un porcentaje de los fondos de desarrollo regional para el Arte y la Cultura; luchábamos por la creación de una institución separada del Ministerio de Educación. La primera demanda fue lograda. La segunda, en parte, porque si bien es cierto se creó el Consejo de la Cultura y las Artes, no lo es menos que es una entidad profundamente centralizada y centralista.
Aquí les dejo el texto completo de mi intervención –que fue publicada en un libro respaldado por la División de Educación Superior del Ministerio de Educación; el Ministerio de Planificación y Cooperación; y la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo- para que retomemos la reflexión y revisemos si algo ha cambiado desde entonces.


Algunos alcances sobre la política cultural que el país necesita desde el interés de sus regiones
F. Patricio Barrios Alday
10 de abril de 1997



I. Introducción                          
“Aveserás hacia adelante- sintió que le decían.
Ahí estuvo largos tiempos. Más que estar, vivió, creció. Laminó sus élitros. Pulió sus vértices. Afinó sus cromados. Hizo pruebas de colores. Colores fijos. Colores reflectantes. Cambiantes según la estación, el lugar, el peligro. Se entrenó en la rapidez del cambio: de color, de olor, de rumbo, de ritmo. Ponderó las alternativas de carrocerías compactas o con chassis, para micro volantes, para macro volantes. Probó las salidas y entradas millones de millones de veces. ¿Parece mucho? Nunca es demasiado cuando se trata de la calidad de vida”.

Nos permitimos iniciar estos alcances sobre una política cultural necesaria para el país, desde el interés de sus regiones, de la misma forma en que iniciamos un artículo para la Revista Aisthesis, de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, referente a la estética de la cultura folklórica, con una cita de la fábula ecológica de Fidel Sepúlveda Llanos, “Aventuras de Zoom, el Aveser”, pues -como decíamos entonces “contiene una serie de elementos (aunque parezca extraño) para el análisis que nos preocupa. Primero, el enfrentar la subjetividad, en todo su alcance y con todas sus limitantes, asumiendo potencialidades y debilidades. El reconocerse incompleto, no preparado, en evolución. Segundo, la necesidad de acumulación de experiencia propia, más allá de las referencias de otros. Probar lo probado, comprobar lo comprobado. Reencontrar. Recrear. Tercero, el asumirse, subjetiva y empíricamente, en la objetividad del cambio, de la evolutividad perenne del ambiente y de las cosas del ambiente, incluida en ellas, por supuesto, la condicionalidad humana. Y, por último, la necesidad del entrenamiento sistemático, metódico y permanente, para hacer uso de esta condicionalidad humana, en la perspectiva del razonamiento para el crecer-vivir”.         En la subjetividad  y en la objetividad, conceptos relacionados por oposición en primera instancia, pero totalmente complementarios, dada la dualidad permanente de la historia construida y asumida por el hombre, descansa la construcción de las escalas valóricas -en definitiva de su cultura-, de las comunidades, en particular, y de las sociedades en general.
La individualidad innegable del sujeto -lo subjetivo de su ser físico y biológico, los raciocinios propios-, es condicionada por la objetividad de la dimensión tiempo-espacio, que delimita su desarrollo y lo subordina a la tierra, al clima, a la acumulación de historia, a los procesos particulares de evolución social, a los conceptos cosmogónicos asumidos ideológicamente y a su interrelación con el medio y con los que habitan y existen en el medio. No vamos a descubrir hoy y en este momento los traspasos generacionales de conocimientos y la asimilación de hábitos, costumbres y comportamientos de individuos y comunidades, pero sí insistir en su importancia en la conformación de las identidades y de las idiosincrasias propias.

II. Identidad e idiosincrasia               
A este respecto, es preciso hacer las distancias necesarias entre los conceptos de identidad y de idiosincrasia que, desgraciadamente, en forma reiterada se utilizan como sinónimos para referirse a las características culturales del país. Así, se habla de una supuesta idiosincrasia del pueblo chileno, como una condición inamovible e históricamente mantenida desde las etnias primitivas. La Gran Enciclopedia Larousse, en su edición española de 1988, nos plantea que “identidad”, en términos filosóficos es la “característica de dos o más objetos de pensamiento, que, aunque son distintos por el modo de designación, por una determinación espacio temporal cualquiera, presentan exactamente las mismas propiedades”. Y en su acepción sicosociológica, nos dice que es la “conciencia que tiene un individuo de su pertenencia a uno o varios grupos sociales o a un territorio (país, ciudad, región, calle, etc.) y la significación emocional y valorativa que resulta de ello”.
En su primer significado nos habla de las individualidades, de las particularidades de sujetos determinados que, condicionados por tiempo y por espacio, comparten historia, comparten presente y comparten objetivos comunes, y en el segundo, nos determina la subjetividad ( la conciencia individual) subordinada al grado de conciencia colectiva, por pertenencia, por identificación voluntaria del asumir el grupo social en el que se desarrolla. Es decir, una presencia que trasciende lo particular para transformarse, en un dinamismo dialéctico, en presencia constante de característica grupal y/o social. La misma Enciclopedia, para explicitar el concepto de “idiosincrasia” (del griego idios, propio, y synkrasis, temperamento) nos dice que es el “temperamento o manera de ser que caracteriza a un individuo o a una colectividad”, y,  profundizando, nos afirma que es el “conjunto de características propias de un individuo y que condicionan su reactibilidad, tanto física como síquica, en condiciones normales y patológicas”. Aquí se nos habla de “temperamento” -situación circunstancial y no permanente- como una forma de acción-reacción, dependiendo de motivaciones externas no asumidas en el grado de conciencia. Por lo tanto, la idiosincrasia -en contrario de la identidad- puede ser variable y totalmente diferente en el transcurso del tiempo, dependiendo de condiciones objetivas que afectan al individuo y al grupo de individuos. La idiosincrasia que el pueblo de Chile -si podemos  hablar de un sólo pueblo, como trataremos de explicar en las próximas líneas- exhibía en 1810, con las luchas de la Independencia, no es la misma que sustenta hoy, a las puertas del siglo XXI. Su “reactibilidad” temperamental obedece a otros factores. Asimismo, la o las idiosincrasias del pueblo ruso no se mantienen iguales en la época zarista o en los años posteriores a la revolución bolchevique, o del pueblo francés de la era napoleónica y de la postguerra. La identidad, al alcanzar el grado de conciencia valórica y, por lo tanto, cultural, tiene una trascendencia mayor que rebalsa las condicionantes coyunturales. No significando, por ello, que no la afecten. Por el contrario, las asume como aportes a su constitución, asimilándolas y adaptándolas como elementos enriquecedores de su permanente evolución, sin transformarse totalmente.
Esta diferenciación que apuntamos, contribuye a una correcta conceptualización y  permite acercarnos a definiciones comunes, aportándolas al uso general y cotidiano para entender los procesos culturales y definir políticas acertadas de desarrollo para el país, sus regiones y sus comunas. Al mismo tiempo, al insistir en este distanciamiento de los supuestos y generalizados “sinónimos”, contribuye a poner en discusión y análisis los recurridos y “chauvinistas” conceptos de “identidad nacional” y de “idiosincrasia nacional”.

III. Identidad en la diversidad nacional                
La “loca geografía” con que Subercaseaux definió a nuestro país impide la explicitación de una identidad cultural común para todas las regiones, entendiendo que las identidades son la “conciencia que tiene un individuo de su pertenencia a uno o más grupos sociales o a un territorio”. Si bien es cierto, existe el territorio común, ese territorio no posee una historia común, un clima común, un paisaje común, una ascendencia étnica común, por lo que, a lo largo del país, se conforman identidades diferentes que se articulan en un concepto de nación compartido y defendido. Por lo tanto, la elaboración de políticas para desarrollos culturales nacionales, debe considerar como punto principal la diversidad en toda su magnitud, ya sea en su magnitud etnográfica y antropológica, además de las condicionantes generacional  y sexual. Etnográfica, en lo que se refiere a la puesta en valor de las diversas etnias que conforman las identidades nacionales, a lo largo y ancho del territorio, no sólo en términos de presencia histórica, sino, también, respecto a sus descendientes que habitan sus tierras tradicionales y los migrantes a los centros urbanos más desarrollados. Antropológica, en el sentido de los productos culturales, las estructuras sociales, las cosmovisiones, las interrelaciones con el medio, con los iguales y con los diferentes. En el sentido de estructuras sociales que se dinamizan con aportes culturales externos y que se potencian internalizándolas y transformándolas en propias. No siendo un problema propio de identidad cultural, debe asumirse la condicionante generacional,  en la perspectiva de satisfacción de intereses diversos marcados por la situación etaria de los sujetos y, sobretodo, por la velocidad de los acontecimientos técnicos, científicos y comunicacionales que estructuran una dinámica especial a los cambios, generando necesidades diversas no tradicionales que deben ser satisfechas de formas no tradicionales. También sexual, referida a la creciente participación activa de la mujer en el acontecer de la sociedad chilena y en la toma de decisiones. No impulsando políticas radicales feministas, pero rescatando su postergación histórica sin acceso igualitario al conocimiento, y asumiendo las políticas gubernamentales del Plan de Igualdad de Oportunidades.
La definición de políticas culturales pasa, obligadamente, por una amplia discusión con todos los sectores regionales interesados y no por una determinación centralista asumiendo una identidad única e indivisible de país. No se puede repetir la situación, como en el gobierno militar, de dictar un Decreto Presidencial para instituir una danza tradicional como danza nacional. Si la cueca es asumida como danza propia por todos y cada uno de los chilenos es un asunto de identidad cultural y no de determinación voluntarista de un grupo de personas que quiere hacer extensiva su propia identidad a otros individuos, otros grupos sociales, otras comunidades, al margen de sus propios intereses, de sus desarrollos culturales particulares, de sus condicionantes físicas, sicológicas e históricas. El problema de la identidad cultural conlleva la dimensión del “ser” y el “estar”. Se “está”, físicamente, en un lugar determinado, con características particulares, con historia propia, y se “es”, intelectualmente, en ese lugar, con presencia subjetiva y objetiva, con valor cognitivo y con conciencia valórica.

IV. La imitación y la creación: procesos de conformación y mantención de identidad
El enunciado aristotélico para la explicación de la dualidad en la creación artística, puede (y debe) ser ampliado a la conformación y mantención de identidad cultural, toda vez que las manifestaciones artísticas forman parte inherente de ella. La mimesis y la poiesis, la imitación y la creación, son los elementos fundamentales de estructuración de identidad. Generacionalmente, el niño actúa por imitación, manteniendo cánones aprendidos y aprehendidos, prolongando, así, la estabilidad y la durabilidad del andamiaje cultural de su grupo social, como una verdad inamovible y no discutible, alcanzando, casi, niveles de dogma. La Historia -y también el presente, no dudando que suceda, también en el futuro- nos da abundantes ejemplos de ingentes esfuerzos por prolongar, a través de las enseñanzas a los infantes, las estructuras sociales de un grupo determinado. Las sociedades estructuradas, por lógica de supervivencia, se transforman en conservadoras y mantenedoras del tejido social aceptado, por lo que la imitación se prolonga más allá de la infancia, ya no como un esquema de enseñanza-aprendizaje y de asimilación de conocimiento ya depurado -de obviedad inicial-, sino como una forma natural de autodefensa y prolongación de propiedad de la territorialidad y de la identidad. Esta misma sociedad conservadora, permite a alguno de sus miembros la posibilidad de renovar, de reinvertir, de reaccionar sobre puntos específicos de su devenir,  no poniendo en juego -en absoluto- las bases de su estructuración. Es el juego de la creación sobre hechos aceptados o, mejor dicho, de la recreación, permitiendo, así, la actualización, la interrelación con otras identidades, la modernización, e impidiendo el aislamiento o el anquilosamiento. El dinamismo de las identidades culturales obliga a la creación y recreación permanente, también como una forma de mantención y prolongación.

V. Propuestas para avanzar hacia la elaboración de políticas culturales, desde la perspectiva de las regiones, a la luz de las identidades, idiosincrasias y diversidad

1.            Desde la Identidad Cultural:
1.1.        Asumir la realidad de país policultural, con identidades regionales, comunales y locales diferentes, en consecuencia con sus potencialidades y debilidades.
1.2.        Respetar los procesos de acumulación de experiencia en la regiones, más allá de la de otros centros urbanos más desarrollados, asumiéndola como referencia importante, pero no como única vía.
1.3.        Incluir, a propósito de la Reforma Educacional y su extensión horaria, asignaturas vinculadas al tema de la identidad cultural: arqueología de la región, antropología básica, etnoestética, turismo cultural, etc.
1.4.        Propender -sin desconocer la universalidad que debe tener toda creación artística-, a que los artistas regionales produzcan sus obras desde su propia realidad de identidad, creando organismos como corporaciones y/o fundaciones que coadyuven a los diversos estamentos administrativos en la función del desarrollo cultural.
1.5.        Insistir, desde la legalidad vigente, para que los municipios cumplan con el mandato de la Ley Orgánica de Municipalidades que, en su artículo primero, les reconoce como organismo que debe “propender al desarrollo econ—mico, social y cultural de su comuna”, entendiendo que los parámetros a utilizar para dichos desarrollos tienen que ver, directamente, con sus realidades, sus potencialidades, sus debilidades y su historia, todos elementos que conforman identidad cultural.
1.6.        Proponer al Consejo de Rectores la inclusión de un crédito electivo en las Universidades chilenas que tenga relación con el tema de la identidad cultural, no sólo en las carreras de pedagogías o carreras humanistas, sino en todas las que ofrecen las universidades, como una forma de rescatar a esos centros de estudios como protagonistas del quehacer cultural de su región.

2.            Desde el aparato administrativo:
2.1.        Asumir la conformación de los Consejos Regionales de Cultura, impulsados por la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo, como un organismo asesor de los Gobiernos Regionales, Éstos -más allá de cualquier otra consideración- deben estar constituidos por personas absolutamente representativas de las comunas que forman parte de la región, siendo capaces de racionalizar y conceptualizar la situación de identidad particular que les compete.
2.2.        Descentralizar -siempre y cuando el punto anterior se asuma en toda su dimensión- los fondos gubernamentales destinados al desarrollo de las artes y la cultura (FONDART, Fondo Nacional del Libro y la Lectura, Ministerio Secretaría General de Gobierno, etc.).
2.3.        Articulación, a través de la Asociación Chilena de Municipalidades, de los estamentos culturales de los distintos municipios, con el fin de coordinar políticas comunales de desarrollo artístico y cultural, en la perspectiva de sentar bases concretas para la definición de una política nacional.
2.4.        Rescatar del movimiento de Reforma Universitaria de 1968 los tres lineamientos básicos del accionar de las universidades chilenas y proponer al Consejo de Rectores su implementación práctica, más allá de los enunciados teóricos: la investigación, la docencia y la extensión.
2.5.        Tender a la objetivización de los concursos a cargos de administradores de cultura, tanto gubernamentales como municipales, optando a la optimización de los recursos humanos y financieros.
2.6.        Generar Talleres de Formación y Especialización en gestión administrativa y producción cultural, persiguiendo la profesionalización de los gestores culturales.
2.7.        Crear los espacios y las condiciones adecuadas, accediendo a fondos específicos para la construcción, recuperación, readecuación y restauración de recintos apropiados para el desarrollo de las artes y la cultura: Escuelas y Liceos Artísticos, teatros, casas de la cultura, salones multiusos, salas de talleres, etc.


VI. Conclusión                           

El cambio sustancial en las condiciones y en la elaboración de productos artísticos y culturales en algunas ciudades del país, asumiendo los conceptos vertidos en este trabajo, permiten augurar que, generando las condiciones objetivas, a través de la organización, de la capacitación, del respeto a la identidad, de la optimización de los espacios para tales efectos y de los recursos humanos y financieros, del liderazgo que puedan asumir -a la luz de la legislación vigente- los alcaldes y las estructuras municipales, se pueden constituir movimientos y formular políticas culturales trascendentes que se transformen en un pilar más del desarrollo local y regional.
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