domingo, 29 de julio de 2012

En torno a “Vuelos y aterrizajes”, de Alfonso Freire

El viernes 27 de julio, en dependencias de la consultora Ariaka, ubicada en el segundo piso de Esmeralda N° 1034, el destacado escritor valdiviano, Alfonso Freire, realizó el lanzamiento de su último libro de poemas, “Vuelos y aterrizajes”, en la ciudad de Arica.

En un grato ambiente, que contó con la participación musical de Carolina Videla y Braulio Zavala, se abordaron temas literarios y de derechos humanos.

Fui invitado a presentar el libro. Éstas fueron mis palabras: 

Tranquilo estaba –lamiendo un par de heridas (que no apuro su cicatrización) y revisando algunos textos para terminar mi último trabajo ensayístico, “De lo simbólico a lo explícito y de vez en vez al revés”- cuando la Videla, después de sortear a unos nisécuantos acreedores, logró lanzar las volutas de humo necesarias para comunicarme, avisarme, transmitirme que “colorín, colorado, mi tranquilidad se había acabado”.

Claro. Que a uno le endilguen la responsabilidad literaria de hablar de la literaria responsabilidad de otro no deja de ser un problema más que mayúsculo. Y más aún, cuando mayúscula es la obra del obrero escribidor.

Y como atrasado alumno –no retrasado, por favor- de la virtual información del internet, escribí en google –o gugl, para los más flemáticos- “Alfonso Freire” y me apareció una “chorrera” –como decía mi abuela Francisca- de datos y más datos, actividades y más actividades, de un escritor que había publicado once libros y aparecido en seis antologías, pero que, además de escritor, era cineasta, y conferencista, y que había recibido premios y reconocimientos, y que había nacido frente a esa abundancia de flores que, en mapudungún, se dice “calle-calle”…

Estoy en problemas, le comenté a mi madre que se había arrancado un ratito para preguntar por el Clod… me miró –con un sonriente gesto censor- y con agilidad de antaño se alejó rauda a formar parte de la energía que mueve todas la cosas.

Pero cuando logré tener en mis manos las 113 páginas del último libro del valdiviano poeta, la preocupación sobre el superlativo problema, se transformó en un superlativo placer para los sentidos, para la memoria, para la construcción de los mañanas necesarios y correspondientes. Absorto en las páginas –y disfrutando- las distancias, las ausencias, las esperanzas que Alfonso Freire nos refiere a través de un sinnúmero de vuelos y de aterrizajes –de ires y venires- reparé que no estaba leyendo sino que estaba viendo, que estaba observando lo que el poeta estaba proponiendo, lo que el poeta estaba evidenciando… porque este poeta del Calle-Calle, este poeta de Chile, este poeta de América, este poeta de Noruega, este poeta de ya sin cuenta vuelos y de aterrizajes construye las imágenes precisas para recuperar el antiguo “don”, esa maravilla de la reciprocidad que nos convoca y nos provoca al dar, al recibir y al devolver.

¿Qué es primero en Freire? ¿El poeta? ¿El cineasta? ¡Qué importa si es capaz de traspasar lo propio, lo singular, a la otredad, al próximo, al prójimo y construir, en la colectividad y la complicidad, el nosotros ineludible!

La distancia y la memoria –más que la ausencia- son una constante en la poesía de Alfonso Freire, porque asume que la falta de la materialidad de lo otro es un tema de ser y de estar y, sin duda alguna, se puede ser aún sin la presencialidad corpórea, porque la memoria lo reconstruye absolutamente todo… y lo afirma en un par de versos, como por ejemplo, de “Debajo de la lluvia”: “…sigo buscándote debajo de la espera / con la misma ropa de nuestra despedida”.

O en su “Sobre vuelo” que, de una u otra manera, es el triunfo absoluto de la memoria: “…Mi casa silenciosa / abre sus brazos al divisarme. / Juntos recordamos / nuestras infancias”.

Pero no hay memoria sin identidad y sin sentido de pertenencia, de pertenencia a un territorio no necesariamente físico. Permítame el autor y ustedes leer un poema completo, Puesto 52:

Qué sería de este mercado / sin lenguas de tanta gente / que provoca los mares / en este puerto enardecido? Levantando mi copa / saludo a los residentes de esta catedral / y al cerrar nuestros ojos encontrados / nos damos cuenta / que somos devotos insobornables / del Puesto 52 / y embarcaciones amigas.

Y la distancia aparece y reaparece… , pero siempre, también, la memoria: “Detrás del mar / están los amigos / que ya vienen para contarnos sus historias / nosotros”.

Al leer/ver los poemas de Freire recordé un grafitti que veo/leo en mi propio vuelo/aterrizaje de la compra del pan nuestro de cada día, rotundo, clarísimo, potente: “Si no existe la memoria todo lo nuestro es suicida”.

Estoy de acuerdo. Sólo la memoria –y el aprendizaje permanente en la construcción del futuro- es capaz de provocar vida. Sólo la memoria permite los vuelos al mañana, sin espera, sin aeropuertos… “En el aeropuerto / pájaros surcan un mundo en tránsito / que no puede volar…”, dice Freire.

Porque en este mundo en tránsito –en nuestro caso, estacionado entre el poder y la ambición- “la bandera tambalea / en el mástil / del puente ciudadano…”, como certeramente apunta Alfonso Freire… afortunadamente, en el mástil del puente ciudadano.

Sabe que nuestro vuelo, indefectiblemente, debe tener el aterrizaje correspondiente en la verdad y en la memoria: “…llegaré / te llames como te llames / y serás mi antorcha tantas veces apagada / que iluminará a tantos navegantes / que habitan mi cabeza maltratada”.

Debo concluir –estoy hablando demasiado- expresando mis agradecimientos al poeta, a quienes hacen posible esta ocasión, a quienes me invitaron a participar en esta fiesta de la palabra, fiesta del verso, a esta fiesta de la imagen, de la memoria, del concepto –porque la poesía de Alfonso Freire es de una conceptualidad increíble-, a esta fiesta de la identidad y de la pertenencia en la amorosa convicción de que es posible construir en comunidad…

Porque, a pesar de todo: “Menos mal que me besabas / cuando me tragaba el mar / así pude salir a flote / entre tus labios”.