martes, 1 de junio de 2010

LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO

(Intervención con ocasión del lanzamiento del libro de microcuentos “Opus Brevis”, de Nelson Gómez León. Arica, 24 de mayo de 2010)

En realidad me provoca gran desazón presentar un libro de microcuentos –o microrelatos o minicuentos o cuentos minúsculos o cuentos hiperbreves o cuentículos- en más de diez líneas…


Pero en fin, como sentencia la sabiduría popular, “zapatero a tus zapatos” (no poseo el “don” de cuenticulista, al decir de mi madre; ¡qué manera de ser latero!, en opinión de los que han sido mis alumnos; o más bien “poco breve”, en afirmación de mi mujer), así y todo, allá vamos, porque “quien no se arriesga no cruza el río”.

El microrelato no es un fenómeno nuevo en la literatura, más bien –me atrevería a decir- nace con la palabra, con la oralidad, en tanto la especie humana comienza a conceptualizar y explicar verbalmente su existencia y lo que le rodea.

Si bien es cierto soy un defensor acérrimo del creacionismo por sobre el difusionismo -en cuanto a los procesos culturales propios e indivisibles de cada pueblo-, tengo que aceptar que, lo que conocemos, hoy, como relato breve, se fortalece con la presencia europea en nuestro continente en la necesidad imperiosa de someter, obligar, atemorizar, aterrorizar (y unas cuantas formas verbales y siniestras más) a los originarios americanos quienes no entendían ni la retórica ni la imaginería española.

Esta provocación que enuncio pretendo enfatizarla -ahora- diciendo que creo que en un medio filósofo, medio escritor, medio sacerdote barroco (y como buen barroco, fatalista entero) está el primigenio cuentículo, cuento hiperbreve, cuento minúsculo, minicuento, microrelato o microcuento, que construyó un estilo a partir de sentencias breves, muy personal, muy denso, muy concentrado y polisémico, en el que domina el juego de palabras y las asociaciones ingeniosas entre estas y las ideas.

Polisemia, juego de palabras y asociaciones ingeniosas entre las palabras y las ideas… no, no estoy hablando del escritor Nelson Gómez León (que tiene todo esto y mucho más). Me refiero a Baltasar Gracián y Morales, nacido a comienzos del 1600, que hizo de la frase, de la oración, de la sentencia una de sus principales armas literarias y filosóficas… no por otra cosa definió, con una exactitud digna de un matemático, que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, o preguntarse “¿cuál puede ser una vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe?... Baltasar Gracián… español… que entre muchas obras, escribió “El Criticón”, una alegoría sobre la vida, que emerge como una de las novelas más importantes de la literatura española, comparable por su calidad –dicen los investigadores, los entendidos y los estudiosos- solamente al Quijote, de Cervantes, o a La Celestina, de Fernando de Rojas.

Toda creación artística o realización de objetos de arte –insisten otros investigadores, otros entendidos, pero igual de estudiosos- tiene, convencionalismos más convencionalismo menos, modos universales que dicen relación con los elementos estructurales de lo que llamamos obra de arte. Estos modos o procesos o formas de realización, se logran:

1) cambiando y transformando una cosa en otra;
2) agrupando elementos iguales que se encuentran dispersos o desunidos;
3) agrupando elementos distintos; y
4) suprimiendo o eliminando partes.

Les desafío a que, una vez leído –y sobretodo disfrutado- el “Opus Brevis” de Nelson Gómez León- realicen el ejercicio de encontrar cada una de estas partes en todos y cada uno de los cuentos breves que largamente ocuparán su tiempo y su pensamiento. No se olviden.

No pretendo hablar de Nelson Gómez. Bajo ningún punto de vista lo conozco más que Iris Fernández… no, en esto no hay posibilidad de discusión, pero sí decir que lo conozco como un hombre estudioso, responsable en su quehacer artístico, gran y respetuoso lector, por lo que no me cabe ninguna duda de su acercamiento racional a la brevedad de Kafka, de Cortázar, de Borges o de García Márquez.

Pero, también, debido a su acercamiento a la cultura tradicional a través de la artesanía y de la tierra que lo cobijó en sus primero años, tampoco dudo de la permeabilidad corporal e intelectual que le provocaron el adivinancero y el refranero popular, precisos, punzantes, humorísticos, irreverentes, sarcásticos…breves: para conseguir, por ejemplo, que el o la interpelada llegue a la conclusión que lo que se pregunta es “el sueño”, se juega con las palabras verseadas de “vamos niña a la cama/ a hacer lo que ‘hacimos’ siempre,/ juntar pelos con pelos/ pa’ qu’el pájaro entre”. O este otro que requiere como respuesta “el llanto”: “una niña/ por bonita que sea,/ no deja de mojarse/ los pelitos cuando mea”.

El artista, el creador –o recreador, porque los investigadores, entendidos y estudiosos también filosofan y dicen que ya todo está creado y que sólo somos recreadores, reformadores- es producto no sólo de su historia y de su presente, sino, además, de todas las historias y de todos los presentes, que le pertenecen por obra y gracia del género humano…

Y no sólo de las historias y de los presentes de la otredad, sino, producto y consecuencia de la tecnología, también de los mañanas de ese prójimo que evoluciona y cambia a la velocidad del microcuento, que se entiende en la virtualidad del microrelato, que se forma y se estructura en la rapidez del cuentículo y que ya poco rima, pero sí chatea; que ya poco redacta, pero sí simboliza y crea emoticones; que ya poco se extiende en explicaciones, pero que resume a la perfección… en este mundo resumido, que cada vez se hace más breve, más aldea… y Nelson Gómez León está preparado para esto y para abrirle caminos a las y los jóvenes para que se expresen en su diversidad y en la pequeñez de su relato, no en dimensionalidad filosófica sino en los significados del signo y del símbolo.

Patricio Barrios Alday