miércoles, 22 de septiembre de 2010

APROXIMACIONES A UNA MIRADA ANDINA DE LA LLAMADA "CUECA NORTINA"

“Ellos vieron la fiesta de los diversos, pero no vieron lo que los diversos estaban viendo. Los vieron ver, pero no vieron el objeto de la visión”.
Furio Jesi

“Aveserás hacia delante, sintió que le decían.
Ahí estuvo largos tiempos. Más que estar, vivió, creció. Laminó sus élitros. Pulió sus vértices. Afinó sus cromados. Hizo pruebas de colores. Colores fijos. Colores reflectantes. Cambiantes según la estación, el lugar, el peligro. Se entrenó en la rapidez del cambio: de color, de olor, de rumbo, de ritmo. Ponderó las alternativas de carrocerías compactas o con chassis, para micro volantes, para macro volantes.
Probó las salidas y entradas millones de millones de veces.
¿Parece mucho? Nunca es demasiado cuando se trata de la calidad de vida”.

“Aventuras de Zoom el Aveser”. Fidel Sepúlveda


Introducción
Intentaremos circunscribirnos a lo solicitado por los organizadores y tratar de estructurar una “mirada andina” de la cueca, pero para ello –inevitablemente- deberemos contextualizar el objeto de estudio, tanto en su dimensión histórica como actual y en los territorios que abarca y sus formas de dispersión.

Las discusiones están vigentes respecto al origen de esta danza que, por Decreto Ley N°23 del 18 de septiembre de 1979, es declarada danza nacional de Chile.
Algunos investigadores y estudiosos (y otros no tan investigadores ni tan estudiosos) plantean diferentes versiones cruzadas, incluso, con ciertos grados xenófobos, sobretodo, cuando se plantea un origen negro de la cueca.

Así, para enfrentar esta “mirada andina”, nos referiremos, primero, de manera sucinta, a algunas aproximaciones originarias, de manera directa vinculadas a la actual Región de Arica y Parinacota; luego, acercamientos a los territorios de uso y sus procesos de dispersión; para, finalmente, tratar de estructurar una visión cosmogónica andina respecto a las formas dancísticas y, por lo tanto, identitarias y representativas.

1. ¿La cueca es española?

El destacado estudioso del folklore y musicólogo argentino, Carlos Vega, anota en su libro “La forma de la cueca chilena” (1947) que la cueca es una “danza extraordinaria, la más compleja del mundo en su género, la más profunda y noble de América”. Más adelante agrega que “dos elementos, el coreográfico y el sentido pasional de la cueca, son derecha e inmediata consecuencia del fandango” español. Interpretación más, interpretación menos, Vega estaría definiendo un origen hispánico a esta danza nacional. Pero a este respecto, hoy en día, existen dos antecedentes que Vega, obviamente, no manejaba: uno, la aceptación generalizada del origen árabe del fandango tradicional, por su semejanza con la danza arabigo-andaluza y las jarchas mozárabes y, dos, al revés de lo planteado por Carlos Vega, el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española, de 1732, le asigna al fandango una influencia americana, al decirnos que "es un baile introducido por los que han estado en los reinos de las indias, que se hace al son de un tañido muy alegre y festivo".

Por otra parte, la misma RAE, entrega una definición de Zamacueca –antecesora indiscutida de la cueca- que niega cualquier vínculo peninsular hispánico con la danza nacional chilena. En una cita del texto “Biografía de la cueca”, de Pablo Garrido (1943), se consigna el significado que le da la Academia al concepto “Zamacueca: Danza grotesca que se usa en Chile, en el Perú y en otras partes de América, comúnmente entre indios, zambos y chuchumecos”. Dice Garrido, con razón, en torno a esta definición: “Al rebajar en tal forma la danza popular nuestra, La Academia de la Lengua parece haber deseado cortar de raíz el cordón umbilical y ahuyentar, para siempre, cualquier supuesto nexo entre este baile de salvajes y las danzas peninsulares”.

2. ¿La zamacueca es peruana? ¿La zamacueca es chilena?
Esta pregunta corresponde a un ensayo en el que Benjamín Vicuña Mackenna se hace respecto al origen de la cueca, asumiéndola como una interrogante “en pleno fragor de la guerra”. Como María Carolina Geel, en una crítica literaria y cultural respecto al libro de Pablo Garrido, “Historial de la cueca” (1979), deberíamos contextualizar que, durante muchos años, “se tuvo a la cueca como proveniente del Perú, donde se denominaba tanto zamacueca como zambacueca (…) su verdadera trascendencia como danza nacional chilena sólo se produjo durante la guerra del 79…”. Sospechamos, junto a María Carolina Geel, que a Vicuña Mackenna no le agradaba que la danza nacional chilena viniese del, entonces, enemigo…
Sigamos sus consideraciones: “Trajéronla a Chile, primero que al Perú, a fines del pasado siglo (XVIII), los negros esclavos que por esta tierra pasaban vía Los Andes, Quillota y Valparaíso, a los valles de Lima, en viaje desde los valles de Guinea (…) La primera tradición escrita que de ella hemos encontrado (…) está ubicada en Quillota”. El origen de la cueca, en esta dirección, según Mackenna, según Garrido (incluso un Vega ambiguo y permisivo a otros análisis: “podemos sospechar que todo el siglo XX será el siglo de los estilos afroamericanos en el mundo occidental”), y según muchos más, es… africano. Entonces… ¿la zamacueca y la cueca es negra?

Hace algunos años, una portada del suplemento Revista del Domingo, del diario El Mercurio, era ilustraba por una pareja de negros, vestidos con el estereotipado traje folklórico centrino, bailando cueca… las cartas al director, las opiniones destempladas, y las vestiduras rasgadas fueron tantas que era difícil concluir si se reclamaba porque se insinuaba que la cueca no tenía origen hispano o republicano chileno o porque, lisa y llanamente, se exponía la “posibilidad” de la negritud de la cueca.

“Como se sabe -insiste Garrido en su “Historial de la cueca”-, el “acarreo” de los negros hacia el virreinato de Lima, vía Los Andes, Quillota, Valparaíso, se hacía en condiciones miserables y de gran crueldad, atravesando la inmensidad de una cordillera álgida, con lo que moría la mitad o más de aquellos desventurados”.

Los “territorios interiores”
El cientista social Gilberto Giménez define los territorios como “escalares” estructurados desde lo más cercano a lo más lejano, como círculos concéntricos en el que el círculo más pequeño representa el hogar y la familia, luego, la calle, el barrio, la población, el sector, la comuna, la provincia, el país, etc., etc., entregando los elementos básicos para las construcciones de identidad y los sentidos de pertenencia (o de correspondencia, como lo planteaba el profesor Juan Estanislao Pérez). Desde mi particular análisis, existe un “territorio” mucho más cercano a cada uno de nosotros: el “territorio interior”, depositario de lo aprendido y aprehendido, de las memorias históricas, de los imaginarios colectivos y de las cosmovisiones particulares. Los territorios externos (entendiendo por territorio los espacios transformados por el ser humano) pueden variar en el transcurso de la vida, pero no así los “territorios interiores” que acompañan a cada persona a cualquier lugar. Es el caso de los migrantes, de los exiliados, de los desterrados, de los trasladados. Ejemplos en nuestra historia pasada y reciente existen muchos. Sólo enunciaré dos casos: los “enganches” salitreros, luego del término de la Guerra del Pacífico; y el traslado forzoso de hombres y mujeres africanos.
Paso a consignar algunos antecedentes:
1. El caso de los “enganches” salitreros (desierto, vegetación, salones filarmónicos, comunidad: mancomunales, sindicalización, movilización social).
2. El caso de los negros (lumbanga, cimarrones, danzas de morenos).

El tema del posible origen negro de la cueca cobra gran importancia en la región, dada la considerable población negra existente desde la Colonia hasta nuestros días.

La invisibilidad estructural y conductual de las culturas particulares

La occidentalización de nuestra sociedad y la uniformidad que conlleva la mundialización, transformando la supuesta libertad en un totalitarismo absoluto en la pretendida imposición de un modelo único, junto con arrinconar y tratar de eliminar las singularidades idiosincrásicas e identitarias de las comunidades, determina que aquellas que intentan mantenerlas tienen estructuras y conductas culturales primitivas, por lo tanto, conservadoras, retrógradas, negadoras de los desarrollos reales y de los accesos a mejores niveles de vida.

Las dependencias frente a los grandes capitales internacionales, no sólo de los estados-naciones, sino, a través de la mundialización de los medios de información, ha redundado en permear los imaginarios colectivos, imponiendo paradigmas individuales de “superación”, de “éxito” y de “modernidad”, con el abandono –u ocultamiento- de prácticas culturales propias.

Con ocasión de la llegada de los europeos, de la conquista y de la ocupación permanente de los territorios americanos –con identidades propias y rotundamente diferentes a las del “viejo” continente-, obviamente se traspasaron y se trataron de imponer concepciones espirituales, definiciones de propiedad, estructuras sociales y políticas.

La necesidad de justificación de los avasallamientos culturales ha tenido una línea conductual permanente en el mundo. En el caso de América, ya a fines del año 1500, gruesas obras literarias, con pretensiones de crónica, empiezan a hablar del salvajismo y la barbarie de los indígenas americanos. Se plantea que más allá de su veracidad histórica, el canibalismo, por ejemplo, es un símbolo, una prueba de esa barbarie, de ese salvajismo. Muestra la legitimidad de la conquista, que termina con los “horrores” y el furor de “la barbarie”, y afirma la superioridad de Europa. La visión etnocéntrica transformaba los hechos en valoraciones; cargaba de criterios morales las costumbres, la indumentaria, la religión.

No es nueva en la historia la actitud de ocultamiento de lo particular ante la imposición de lo general.

Hace ya unos cuantos siglos que la presencia de negros y mestizos de negros viene siendo postergada en las investigaciones sociales chilenas. Esta postergación puede atribuirse a la “invisibilidad” que la sociedad nacional dominante ha confinado a “la negritud” como descalificación soterrada que se hace en cuanto a “debilidad moral”, ignorancia, violencia e insignificancia en la estructuración del “ser nacional”.

Más aún, en los inicios de la República era menester generar símbolos, signos y códigos que representaran al nuevo Estado-Nación. Como muy bien explica Christian Spencer Espinosa, en su trabajo “La invisibilidad de la negritud en la literatura histórico-musical chilena y la formación del canon étnico mestizo: El caso de la (zama)cueca durante el siglo XIX”: “…la nación se convirtió en la matriz discursiva que reunió bajo un mismo argumento territorio, lengua, raza y cultura. Por medio de esta idea se fue articulando un conjunto de discursos y símbolos capaces de dar a las clases dominantes la llave para configurar una patria a la medida…”. Y, obviamente, la negritud no estaba considerada en esta llave. Mal que mal, para estas clases dominantes seguía teniendo plena vigencia lo planteado por Nicolás Palacios en su obra “Raza Chilena”, de 1904: Es difícil calcular cuánto mal puede hacer un solo negro introducido en un país. Las familias chilenas que aún conservan alguna sangre negra deberían posponer toda otra consideración al contraer matrimonios, a la de eliminar ese resto de naturaleza inferior casándose con mujeres rubias chilenas o de los países del norte de Europa”.

Así se fue negando toda posibilidad de origen negro de la zamacueca y, por tanto, invisibilizando su presencia, dada la acogida y popularidad que la danza tuvo en “lo nacional”. Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, consignaba en 1842, que “la zamacueca [en Chile] es el único punto de contacto de todas las clases de la sociedad, lo único que hay verdaderamente popular. Baila el pobre como el rico; la dama como la fregona; el roto como el caballero, con la diferencia sólo del modo”.

“En este contexto –dice Spencer- la (zama)cueca sirvió como medio para extender la idea de lo nacional en su sentido simbólico, particularmente en los espacios de diversión y fiesta, debido a la costumbre de incluir símbolos patrios en los lugares donde ella se bailaba…”.

No es nuevo que lo popular siempre está en contraposición a lo deseado por las clases dominantes. En torno a lo que estamos abordando, el mismo Spencer Espinosa aclara que “tal vez la mejor prueba de la influencia mulata en la (zama)cueca –y, por extensión, de la influencia negra- sea la existencia del trío aconcagüino de (zama)cuecas llamado Las Petorquinas, conformado por las hermanas Tránsito, Tadea y Carmen Pinilla”, que habían sido discípulas de “una mucama mulata apodada La Monona (llegada desde el Perú)…”. El destacado músico nacional, José Zapiola, dice que Las Petorquinas “hicieron en el arte una revolución más trascendental que la que ocasionaron en Italia los sabios emigrados de Constantinopla, en el siglo XV”.

Llegada de la cueca o zamacueca a la región (¡Oh! Somos área de dispersión)
Cuando los investigadores del folklore hablan de las llamadas “áreas de dispersión”, se subentiende como un proceso lineal, sin contratiempos ni obstáculos y con la absoluta obsecuencia de lo que se dispersa y a quienes se dispersa. Sí, puede suceder en algunos casos, como en el de la Cultura Tiwanaku y la formación de nuestras Culturas Locales, reconocidas internacionalmente desde la arqueología.
Pero –y es la generalidad- el traspaso de elementos culturales va acompañado con formas violentas de dominación y avasallamiento, como el caso del incanato; el de los negros; y el llamado proceso de “chilenización” de la entonces provincia de Tarapacá.

Si aceptamos la negritud de la zamacueca –y por ende de la cueca- entonces aceptaremos su presencia en la región, tema que deberá investigarse en profundidad con la significativa población afrochilena existente en la ciudad y en los valles cercanos.
Hay que consignar que no sólo llegaron negros y negras en calidad de esclavos a trabajar en las labores agrícolas de los valles de Azapa y Lluta y en las vegas de La Chimba, sino que, también, una cantidad importante acusados y condenados por “prácticas de hechicería” y “componedores de filtros”, desde Lima hasta la ciudad que, en ese entonces, era azotada por el paludismo y la malaria. Son más que numerosos los relatos de cabezas luminosas que se desprenden de los cuerpos de los negros y negras practicantes de hechicerías y vuelan en la noche o de negros que eran apresados y encerrados en calabozos de la comisaría de carabineros que quedaba en calle Baquedano y que, al abrir la única puerta no había negro alguno, pero sí una cabra que berreando y dando de patadas salía y desaparecía corriendo…. con esas habilidades, de seguro, más de una buena zamacueca bailarían.
Es éste un caso de introducción de elementos dancísticos y musicales vinculados a la zamacueca y/o cueca.

Otro -no menos importante y también con alto grado de violencia- es lo que enunciábamos como proceso de “chilenización” entendiéndolo como un proceso de transculturación o aculturación de Tacna y Arica, incorporadas a Chile tras la Guerra del Pacífico, con el fin de introducir formas culturales chilenas, desplazando e intentando destruir aquellas cultivadas en el Perú.

“A inicios del siglo XX la chilenización se hizo más intensiva y compulsiva, llegando a puntos exacerbados hacia el primer centenario de la Independencia por la actividad de ciertos grupos de población civil chilena, de naturaleza nacionalista, que comenzaron la creación de "ligas patrióticas" y clubes de diversas índole, con la finalidad de desaparecer los rasgos peruanos de los territorios de Tacna, Tarata, Arica y Tarapacá.

Cualquier tipo de organización social –en especial las escuelas- sirvieron para el proselitismo chileno y, también todo tipo de herramientas entre las cuales las artísticas y eclesiásticas tuvieron un rol fundamental y, entre estas herramientas, la cueca, que hoy se conoce como central o “huasa”, interpretada por las bandas militares.

¿Existe la cueca nortina?
Esta es una pregunta que me he planteado desde que en la escuela –primaria, de esos tiempos- se me enseñaba que había cuecas del norte, del centro y de Chiloé y que reforcé, recién ingresado a la sede Arica de la Universidad de Chile cuando fundamos el conjunto folklórico de esa universidad y nombráramos a Manuel Mamani como director. Allí, Manuel, me enseñó una llamada cueca nortina que nunca en mi vida de investigador y recolector observé bailar en algún lugar de valle, precordillera o altiplano de la región, a menos que en alguno de esos sitios hubiera un estudiante cuyo profesor aprendió mirando la cueca de ese conjunto folklórico.

El mundo andino está estructurado en base a dualidades, a equilibrios perfectos, a pares, a correspondencias equitativas y, tanto su cosmovisión como su cotidianeidad material obedecen a esa conceptualización. Son, en definitiva, las oposiciones que permiten la construcción de la unidad.

Si tomamos como ejemplo la estructura cosmogónica de los aymara, encontramos que el sistema básico de adoraciones está constituido por los “uywiris”, término que deriva del verbo “uywar” que significa proteger, dar crianza. En efecto, son cuatro las divinidades que ocupan en su totalidad el panteón religioso de los andinos aymara (usamos el concepto de “religión” en el significado literal que nos habla de “re-ligar”, de re-unir”): los k’ollo, los juturi, los pukara y los serenos, que dan crianza y protección a la buena suerte, salud y dinero; a la multiplicación del ganado; a la agricultura; y a la música y danza, respectivamente.

Con ocasión de las invocaciones y de las celebraciones correspondientes, los aymara representan, una vez más, la simetría perfecta, la dualidad permanente, la complementariedad que le da sentido a sus vidas y que reflejan tanto en las decoraciones de sus ceramios y textiles, como en sus ceremonias ancestrales que reflejan sus aspectos identitarios. A través de sus profundos rituales, llaman a sus “uywiris” como “mallku” y como “t’alla”, como masculino y femenino en igualdad de condiciones, sin diferenciaciones y sin jerarquización, en correspondencia directa.

Se podrá argumentar, en contrario, que los aymara contemporáneos han asumido el dogma occidental-cristiano, producto de la dominación intelectual y material de siglos, produciéndose una suerte de sincretismo, de fusión de culturas. En el sincretismo, para que realmente exista, deben concurrir dos o más culturas, dos o más identidades que, por confrontación, dominación y/o avasallamiento se eliminen y den paso a una totalmente nueva. Definitivamente, no es el caso de los aymara. En el estudio profundo de sus costumbres, de sus hábitos, de sus cosmogonías, aparece una aceptación racional de cánones occidentales, pero sin abandonar sus propias prácticas, heredadas orgullosamente como identidad propia. Es por eso que algunos antropólogos y etnólogos se inclinan por plantear que, en este caso, existe una situación de yuxtaposición, es decir presencias que, de acuerdo a las necesidades individuales y comunitarias, aparecen y desaparecen, sin dejar de existir en el conciente singular y colectivo.

Bajo este análisis, el esquema coreográfico básico de la cueca de nueve partes (invitación, paseo, vuelta apertura, floreo (medialuna), vuelta (cambio de lado), escobillado, vuelta (cambio de lado), zapateo (remate), y vuelta (cambio o remate), no tiene vínculo alguno con las estructuras duales y/o pares.

En mis largos años de recolector, investigador y escritor he escuchado sólo tres cuecas a las que llaman nortinas: “Caliche”, de Calatambo Albarracín; “La cueca de la perdiz”, de Manuel Mamani; y la hermosa pieza musical del profesor Zorrilla que escucháramos ayer.
Las otras que he escuchado y visto bailar en diferentes pueblos precordilleranos y casi ninguna en altiplánicos han sido cuecas de la zona central que, ejecutadas por las bandas de bronces y las de zampoña, suenan con aires andinos.

Por otra parte y en relación a la ocasionalidad, no he tenido la oportunidad de apreciar la llamada cueca nortina como protagonista en un contexto de fiesta, sino sólo en lo ceremonial protocolar, casi como símbolo patrio: en el inicio de la fiesta patronal, bailada por el matrimonio alférez o pasante de la fiesta; en algunos casos, en visitas del santo patrono a alguna casa donde el dueño solicite bailar una cueca; y en el traspaso de pasiri a katuriri, de alférez actual a alférez de la próxima fiesta.

Pero no nos equivoquemos. Así como hemos planteado el tema de la yuxtaposición en términos cosmogónicos, es también posible aplicarla a formas dancísticas como la cueca: el número necesario del que hablábamos para el par oposicional que permita la construcción de la unidad, lo entrega el llamado “remate” que no es otra cosa que el párrafo musical final del huayno que va inmediatamente terminados los compases de la cueca. Ahí se ha construido el equilibrio una vez más… y una vez más se evidencia la no existencia de sincretismos y sí la presencia de una yuxtaposición. Pareciera que se nos dijera, asumiendo el dinamismo de las culturas: “sí, bailamos lo de afuera, pero lo transformamos y lo hacemos nuestro”.

Arica, sábado 08 de mayo de 2010
Universidad Santo Tomás
Leer artículo completo - APROXIMACIONES A UNA MIRADA ANDINA DE LA LLAMADA "CUECA NORTINA"

lunes, 28 de junio de 2010

EL SENTIDO DEL TACTO CONDICIONA NUESTROS JUICIOS Y RELACIONES INTERPERSONALES

Un estudio relizado por investigadores de la Universidad de Yale y de la Universidad de Harvard ha demostrado que las interacciones interpersonales pueden estar determinadas, profunda e inconscientemente por el sentido del tacto.

Este sentido nos condiciona a lo largo de la vida en la construcción de nuestros juicios sociales y en las decisiones que tomamos, señalan los investigadores.

A pesar de ser uno de los sentidos menos valorados, acciones como un apretón de manos o los besos de saludo, pueden tener una influencia clave en la forma en que nos vinculamos a los demás, de una manera inconsciente.

En el estudio se realizaron experimentos que sugieren que la información que adquirimos sólo con tocar influye en nuestra cognición y nos hace aplicar determinados conceptos a personas y a situaciones.

http://www.tendencias21.net
Leer artículo completo - EL SENTIDO DEL TACTO CONDICIONA NUESTROS JUICIOS Y RELACIONES INTERPERSONALES

martes, 22 de junio de 2010

PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y e-GOBIERNO

Denominamos “participación ciudadana” (PC) a un tipo de actividad consciente, racional y organizada de individuos o grupos, que tiene el propósito de incidir en las deliberaciones y decisiones atinentes a cuestiones de interés común. El creciente interés por la PC en democracias representativas se explica comúnmente por la manifiesta necesidad, de una ciudadanía crítica y exigente, de aumentar su compromiso, injerencia e incidencia en los asuntos públicos.

Ante las posibilidades interactivas emergentes de las tecnologías de información y comunicación (tales como Internet y la telefonía fija y móvil) surgen hoy ciertas expectativas vinculadas a una pretendida transición desde la democracia representativa (supuestamente vertical y jerárquica) hacia la democracia participativa (supuestamente horizontal y transversal), así como hacia la “democracia directa”, como estado virtualmente “ideal” en el cual se presume que el conjunto de los ciudadanos recuperaría plenamente la soberanía sobre el devenir y el destino colectivo.

Por su parte, los defensores de la democracia representativa suelen descalificar tales expectativas expresando que las herramientas participativas (plebiscitos, consultas, encuestas, sondeos de actitud y foros de opinión) sólo proporcionan –en el mejor de los casos- una borrosa “fotografía” del estado anímico de ciertos públicos en un instante determinado, que en ningún caso podría reemplazar a la perspectiva esperable de un “estadista”. Esta corriente presume que los legisladores y gobernantes democráticos son “estadistas” que reúnen: a) proyectos respaldados por la adhesión ciudadana, b) formación, idoneidad y madurez para adoptar visiones de largo alcance sustentadas en el interés común, c) perspectivas integradoras de los distintos planos del contexto pertinente, d) iniciativa para proponer rumbos aptos, viables y factibles, d) liderazgo para convocar y persuadir a actores relevantes, y e) consistencia para sustentar y confrontar las respectivas propuestas. Como consecuencia, faltarían al deber de “estadistas” los legisladores y gobernantes que optaran por responder servilmente a los “designios” expresados por mecanismos participativos.

Si bien los textos constituciones de muchas de nuestras naciones han incorporado últimamente ciertos preceptos e instrumentos participativos (tales como el referéndum, la consulta popular o la iniciativa popular), los fundamentos y requisitos previstos acotan su aplicación a situaciones relativamente excepcionales, distantes de una “rutina“ participativa.

En otro plano, cuando nos trasladamos del análisis conceptual a la realidad imperante en países institucionalmente frágiles, advertimos que, tras las apelaciones genéricas a la “participación”, pueden ocultarse vicios que frecuentemente han desvirtuado a la democracia, tales como el autoritarismo, la demagogia y el despotismo. Como consecuencia, para apreciar la calidad de las convocatorias participativas, cabría clarificar: ¿quiénes convocan?, ¿a qué tipo de participación?, ¿por qué convocan?, ¿para qué convocan?, ¿quiénes se prevé que participarán?, ¿con qué intereses manifiestos y latentes?, ¿cuáles serían los beneficios y riesgos cívicos previsibles?.

El potencial de la PC parece variar significativamente en función de los niveles de gobierno. Los niveles locales (municipios, alcaldías) suelen exhibir mejores condiciones para la PC que los de mayor rango territorial (provincias, estados, nación). Los factores determinantes de tales diferencias parecen residir en la mayor proximidad entre representantes y representados, así como en el sentido de comunidad de los problemas y las soluciones.

Si bien algunos ámbitos locales exhiben favorables experiencias participativas en la formulación de prioridades, programas y presupuestos, la PC aún se percibe -en todas las latitudes y ámbitos- como un proceso aún incipiente, difícil de desarrollar, sustentar, legitimar y mantener; manifestándose comúnmente como reactivo, volátil y sesgado.

Dentro del panorama reseñado, las herramientas de e-Gobierno pueden contribuir a aumentar significativamente la variedad, alcance e intensidad de los procesos de PC; por ejemplo, a través de foros ciudadanos o de interacción “en línea” con legisladores y gobernantes.

El equipo de e-Gobierno de la SEDI-OEA promueve el uso de herramientas de e-Gobierno para potenciar los procesos de participación dirigidos a conocer y servir mejor a las necesidades, demandas y expectativas ciudadanas en las naciones de las Américas. A modo de ejemplo, cabe destacar el Foro de la Sociedad Civil y el Foro del Sector Privado (ver Boletín Nº 10) como componentes del proceso de Cumbres de las Américas que hacen uso de las TIC para canalizar sus inquietudes y propuestas al más alto foro político del hemisferio.

Este número del Boletín se refiere a las características de los procesos de e-Participación y a algunas experiencias en niveles centrales. En el próximo número presentaremos diversos casos de e-Participación en ámbitos locales.

Innovaciones y Alianzas para el Desarrollo
Secretaría Ejecutiva para el Desarrollo Integral (SEDI)
Organización de Estados Americanos (OEA)

Leer artículo completo - PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y e-GOBIERNO

DOS PROBLEMAS A SOLUCIONAR PARA ENFRENTAR CON ÉXITO LA GOBERNABILIDAD, LA GOBERNANZA Y LOS GOBIERNOS DIGITALES

Uno de los grandes problemas a los que nos enfrenta el uso de las modernas tecnologías vinculadas a la informática es el de la llamada “brecha digital”, entendiéndola “como la separación que existe entre las personas (comunidades, estados, países) que utilizan las tecnologías de la información y comunicación como una parte rutinaria de su vida diaria y aquellas que no tienen acceso a las mismas y que aunque las tengan no saben cómo utilizarlas”[1]

En realidad, el concepto de brecha digital no es posible explicitarlo sólo en términos de desigualdades en las posibilidades de conectividad y de acceso a la tecnología y tampoco, de manera exclusiva, desde la posición de preocupación por el desarrollo de las habilidades y capacidades correspondientes.

Por tanto –y como bien lo señala la investigadora costarricense Kemly Camacho[2]- el concepto de brecha digital debe incorporar una perspectiva de infraestructura; otro enfoque desde la capacitación/educación y, otro, desde la perspectiva del uso de los recursos materiales y humanos.

Sabemos que la acumulación de conocimiento deriva en la creación, aplicación y perfeccionamiento de tecnologías. Así ha sucedido desde las primigenias comunidades humanas. Pero también ha sucedido –y la Historia así lo consigna- que grupos pequeños de esas comunidades, en ejercicio de posiciones jerárquicas superiores, se han apropiado de esas tecnologías y las han usado en propio beneficio, como herramientas represoras y de dominación y/o en contrario a los intereses de los grupos mayoritarios.

En esa línea, la posibilidad de ejercer un “poder tecnológico” sin contrapeso puede desembocar (si es que ya no está sucediendo) en la conformación de grupos (“los incluidos”) que pueden, de manera exclusiva, participar en la construcción de una nueva sociedad. Quienes logren desarrollar la infraestructura, las capacidades y los recursos podrán determinar los nuevos paradigmas de la sociedad en construcción.

Podría ser la versión postmodernista de los “iluminados” de la Ilustración, del llamado siglo de las luces, del esplendor del conocimiento. Basta recordar uno de los textos de Jean Jacques Rousseau, “Carta a D’Alembert sobre los espectáculos”, en la que –desde una situación “de privilegio” determina lo que “el pueblo” debe hacer: “Plantad en medio de una plaza un poste coronado de flores, reunid allí al pueblo y tendréis una fiesta”.[3]

La tendencia a la ostentación y ejercicio absoluto del poder es una gran tentación que podría derivar en una versión sofisticada y potenciada de la teoría del “centro-periferia”, si es que no se estructura una suerte de control o supervisión de los programas, sus contenidos y sus aplicaciones.

En esta dirección, la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información[4], advierte que “los gobiernos deben intervenir, según proceda, para corregir los fallos del mercado, mantener una competencia leal, atraer inversiones, intensificar el desarrollo de infraestructura y aplicaciones de las TIC, aumentar al máximo los beneficios económicos y sociales y atender a las prioridades nacionales”.

El acuerdo mundial de Ginebra 2003 y Túnez 2005 de la CMSI considera –entre otros aspectos muy importantes- que la “gestión de internet” involucra cuestiones técnicas y también de política pública y que, por lo tanto, debe provocarse y convocarse a una importante participación ciudadana, de todos los interesados y de organizaciones internacionales e intergubernamentales, como se explica en el texto final de la Declaración:
“a) la autoridad política en materia de política pública relacionada con Internet es un derecho soberano de los Estados. Ellos tienen derechos y responsabilidades en las cuestiones de política pública internacional relacionadas con Internet;
b) el sector privado ha desempeñado, y debe seguir desempeñando, un importante papel en el desarrollo de Internet, en los campos técnico y económico;
c) la sociedad civil también ha desempeñado, y debe seguir desempeñando, un importante papel en asuntos relacionados con Internet, especialmente a nivel comunitario;
d) las organizaciones intergubernamentales han desempeñado, y deben seguir desempeñando, un papel de facilitador en la coordinación de las cuestiones de política pública relacionadas con Internet;
e) las organizaciones internacionales han desempeñado, y deben seguir desempeñando, una importante función en la elaboración de normas técnicas y políticas pertinentes relativas a Internet”[5].

Sin lugar a dudas, la brecha digital es una consecuencia de las brechas sociales producidas por las desigualdades e inequidades políticas, económicas, sociales, culturales, de género, generacionales, geográficas, religiosas, etc. Entonces, si se enfrenta el problema de la brecha digital sólo desde el enfoque de la infraestructura, es decir, desde el acceso y la conectividad, se podrían estar incrementando las diferencias sociales ya existentes, y sociedades tremendamente estratificadas, excluyentes, discriminadoras y desintegradoras. En otras palabras, “la brecha digital implicará más desarrollo en los países, regiones y personas con mejores oportunidades de acceso en detrimento de quienes tienen menos. Esta diferencia se hará evidente no solo entre países, sino también dentro de cada país privilegiando” a los sectores “con mejores condiciones económicas, políticas, sociales y culturales”[6].

Otro de los problemas evidenciados con el uso de las TIC está vinculado al tema de la identidad, los territorios y los sentidos de pertenencia. La llamada Sociedad de la Información derriba (afortunadamente) fronteras físicas transformando al planeta en una gran comunidad interconectada, comprometiendo seriamente el universal antropológico que reza que para que exista identidad debe existir un territorio al cual pertenecer.

Aunque ya algunos estudiosos (Octavio Paz, en México, y Fidel Sepúlveda, en Chile) se adelantaban, en términos semánticos y filosóficos, a afirmar que era posible ser sin estar, ha sido la internet la que ha puesto en cuestión el tema de la territorialidad material y el espacio geográfico, llevando el territorio a un concepto inmaterial, intangible y el espacio geográfico a un espacio virtual que, ocupado y transformado por la creación y recreación humana, se transforma en territorio virtual.

Entendiendo –y asumiendo- que el pueblo más fuerte culturalmente no es aquel que se cierra y niega a los préstamos culturales, sino ese que los adopta, adapta y transforma en beneficio propio, no es posible negar el peligro de la desintegración cultural, de la unidad identitaria, del sentido de pertenencia a las tradiciones, las costumbres, la lengua, con la homogeneización del cibermensaje.

En el mismo sentido, si concluimos que los procesos de desarrollo de cada pueblo o nación tienen relación directa con sus continuidades históricas, deberemos considerar la importancia de fortalecer no sólo aquello que a esos pueblos y a esas naciones los identifica, sino, especialmente, aquello que los diferencia de los demás.

Por lo tanto, si no se considera la variable “diversidad cultural” estaríamos enfrentándonos a una sociedad uniforme, a “imagen y semejanza” de quien la transformó.

En esa perspectiva, la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, en su Declaración afirma que:

“La diversidad cultural es el patrimonio común de la humanidad. La Sociedad de la Información debe fundarse en el reconocimiento y respeto de la identidad cultural, la diversidad cultural y lingüística, las tradiciones y las religiones, además de promover un diálogo entre las culturas y las civilizaciones. La promoción, la afirmación y preservación de los diversos idiomas e identidades culturales, tal como se consagran en los correspondientes documentos acordados por las Naciones Unidas, incluida la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural de la UNESCO, contribuirán a enriquecer aún más la Sociedad de la Información”[7].

En caso contrario, estaríamos viviendo una nueva situación de avasallamiento.

[1] “El ABC de la brecha digital”, Bruce Claflin, Diario Reforma, Sección Negocios, 13 de octubre de 2000, citado en el libro “La brecha digital: mitos y realidades”, de Arturo Serrano y Evelio Martínez, Editorial Universitaria Universidad Autónoma de Baja California, México, 2003.

[2] http://vecam.org/article550.html?lang=es

[3] http://www.asesoria-legal-ya.com/xampp/bibl/electro/rousseau%20-%20carta%20a%20d_ alemb%20sobre %20los%20espectaculos.pdf

[4] Ginebra 2003, Túnez 2005, http://www.itu.int/wsis/outcome/booklet-es.pdf

[5] Idem

[6] http://vecam.org/article550.html?lang=es

[7] http://www.itu.int/wsis/documents/doc_multi.asp?lang=es&id=2316|0

Patricio Barrios Alday


Leer artículo completo - DOS PROBLEMAS A SOLUCIONAR PARA ENFRENTAR CON ÉXITO LA GOBERNABILIDAD, LA GOBERNANZA Y LOS GOBIERNOS DIGITALES

martes, 1 de junio de 2010

LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO

(Intervención con ocasión del lanzamiento del libro de microcuentos “Opus Brevis”, de Nelson Gómez León. Arica, 24 de mayo de 2010)

En realidad me provoca gran desazón presentar un libro de microcuentos –o microrelatos o minicuentos o cuentos minúsculos o cuentos hiperbreves o cuentículos- en más de diez líneas…


Pero en fin, como sentencia la sabiduría popular, “zapatero a tus zapatos” (no poseo el “don” de cuenticulista, al decir de mi madre; ¡qué manera de ser latero!, en opinión de los que han sido mis alumnos; o más bien “poco breve”, en afirmación de mi mujer), así y todo, allá vamos, porque “quien no se arriesga no cruza el río”.

El microrelato no es un fenómeno nuevo en la literatura, más bien –me atrevería a decir- nace con la palabra, con la oralidad, en tanto la especie humana comienza a conceptualizar y explicar verbalmente su existencia y lo que le rodea.

Si bien es cierto soy un defensor acérrimo del creacionismo por sobre el difusionismo -en cuanto a los procesos culturales propios e indivisibles de cada pueblo-, tengo que aceptar que, lo que conocemos, hoy, como relato breve, se fortalece con la presencia europea en nuestro continente en la necesidad imperiosa de someter, obligar, atemorizar, aterrorizar (y unas cuantas formas verbales y siniestras más) a los originarios americanos quienes no entendían ni la retórica ni la imaginería española.

Esta provocación que enuncio pretendo enfatizarla -ahora- diciendo que creo que en un medio filósofo, medio escritor, medio sacerdote barroco (y como buen barroco, fatalista entero) está el primigenio cuentículo, cuento hiperbreve, cuento minúsculo, minicuento, microrelato o microcuento, que construyó un estilo a partir de sentencias breves, muy personal, muy denso, muy concentrado y polisémico, en el que domina el juego de palabras y las asociaciones ingeniosas entre estas y las ideas.

Polisemia, juego de palabras y asociaciones ingeniosas entre las palabras y las ideas… no, no estoy hablando del escritor Nelson Gómez León (que tiene todo esto y mucho más). Me refiero a Baltasar Gracián y Morales, nacido a comienzos del 1600, que hizo de la frase, de la oración, de la sentencia una de sus principales armas literarias y filosóficas… no por otra cosa definió, con una exactitud digna de un matemático, que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, o preguntarse “¿cuál puede ser una vida que comienza entre los gritos de la madre que la da y los lloros del hijo que la recibe?... Baltasar Gracián… español… que entre muchas obras, escribió “El Criticón”, una alegoría sobre la vida, que emerge como una de las novelas más importantes de la literatura española, comparable por su calidad –dicen los investigadores, los entendidos y los estudiosos- solamente al Quijote, de Cervantes, o a La Celestina, de Fernando de Rojas.

Toda creación artística o realización de objetos de arte –insisten otros investigadores, otros entendidos, pero igual de estudiosos- tiene, convencionalismos más convencionalismo menos, modos universales que dicen relación con los elementos estructurales de lo que llamamos obra de arte. Estos modos o procesos o formas de realización, se logran:

1) cambiando y transformando una cosa en otra;
2) agrupando elementos iguales que se encuentran dispersos o desunidos;
3) agrupando elementos distintos; y
4) suprimiendo o eliminando partes.

Les desafío a que, una vez leído –y sobretodo disfrutado- el “Opus Brevis” de Nelson Gómez León- realicen el ejercicio de encontrar cada una de estas partes en todos y cada uno de los cuentos breves que largamente ocuparán su tiempo y su pensamiento. No se olviden.

No pretendo hablar de Nelson Gómez. Bajo ningún punto de vista lo conozco más que Iris Fernández… no, en esto no hay posibilidad de discusión, pero sí decir que lo conozco como un hombre estudioso, responsable en su quehacer artístico, gran y respetuoso lector, por lo que no me cabe ninguna duda de su acercamiento racional a la brevedad de Kafka, de Cortázar, de Borges o de García Márquez.

Pero, también, debido a su acercamiento a la cultura tradicional a través de la artesanía y de la tierra que lo cobijó en sus primero años, tampoco dudo de la permeabilidad corporal e intelectual que le provocaron el adivinancero y el refranero popular, precisos, punzantes, humorísticos, irreverentes, sarcásticos…breves: para conseguir, por ejemplo, que el o la interpelada llegue a la conclusión que lo que se pregunta es “el sueño”, se juega con las palabras verseadas de “vamos niña a la cama/ a hacer lo que ‘hacimos’ siempre,/ juntar pelos con pelos/ pa’ qu’el pájaro entre”. O este otro que requiere como respuesta “el llanto”: “una niña/ por bonita que sea,/ no deja de mojarse/ los pelitos cuando mea”.

El artista, el creador –o recreador, porque los investigadores, entendidos y estudiosos también filosofan y dicen que ya todo está creado y que sólo somos recreadores, reformadores- es producto no sólo de su historia y de su presente, sino, además, de todas las historias y de todos los presentes, que le pertenecen por obra y gracia del género humano…

Y no sólo de las historias y de los presentes de la otredad, sino, producto y consecuencia de la tecnología, también de los mañanas de ese prójimo que evoluciona y cambia a la velocidad del microcuento, que se entiende en la virtualidad del microrelato, que se forma y se estructura en la rapidez del cuentículo y que ya poco rima, pero sí chatea; que ya poco redacta, pero sí simboliza y crea emoticones; que ya poco se extiende en explicaciones, pero que resume a la perfección… en este mundo resumido, que cada vez se hace más breve, más aldea… y Nelson Gómez León está preparado para esto y para abrirle caminos a las y los jóvenes para que se expresen en su diversidad y en la pequeñez de su relato, no en dimensionalidad filosófica sino en los significados del signo y del símbolo.

Patricio Barrios Alday


Leer artículo completo - LO BUENO, SI BREVE, DOS VECES BUENO